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Pentecostés

El incidente más maravilloso fue el bautismo en el Espíritu de aquellos ciento veinte discípulos el día de Pentecostés. Cuando ellos recibieron la plenitud del Espíritu, deben haber sabido, sin lugar a dudas, que habían recibido el don que Jesús les había indicado que esperasen. De no haber sido así, ¿por qué dejaron de esperar y se lanzaron a la línea de ataque de la evangelización? Según la Biblia, los ciento veinte discípulos, sin excepción, dejaron de esperar la maravillosa experiencia, y se sintieron convencidos de haber recibido el bautismo en el Espíritu. ¿Cómo es posible que todos tuvieran aquella experiencia de manera simultánea? Porque en esa plenitud del Espíritu Santo se habían incluido tanto una experiencia externa como una seguridad interna. Estudiemos los fenómenos que tuvieron lugar en el aposento alto cuando el Espíritu Santo descendió en el día de Pentecostés (Hechos 2:2-4).

1. "De repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba."

2. "Se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos."

3. "Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen." A partir de la progresión anterior, vemos que, antes de experimentar el bautismo en el Espíritu Santo, los discípulos oyeron un viento recio y vieron lenguas repartidas como de fuego. Entonces, la señal de las lenguas acompañó a la experiencia de recibir por vez primera la plenitud del Espíritu Santo. Con estas señales, la experiencia de los ciento veinte al recibir el bautismo en el Espíritu quedó firme, más allá de toda duda.

Sabiendo lo sucedido, Pedro, en representación de todos, habló ante la muchedumbre reunida. Refiriéndose aJesús, dijo: "Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís" (Hechos 2:33). Quería decir que había prueba objetiva de la experiencia del bautismo en el Espíritu Santo. Nosotros también debemos dar testimonio de nuestra experiencia al recibir el bautismo en el Espíritu, no en términos generales, sino como Pedro, con aquello que se puede ver y oír. Si no tenemos prueba evidente, si seguimos la lucha espiritual, inseguros de haber recibido el bautismo en el Espíritu, ¿cómo nos podremos convertir en testigos valientes y llenos de poder?

El libro de Hechos menciona una segunda experiencia de bautismo en el Espíritu, en Samaria. Después del martirio del diácono Esteban en Jerusalén, estalló una fuerte persecución contra la Iglesia. La mayor parte de ella, con excepción de los apóstoles, se dispersó por las regiones de Judea y Samaria. Felipe fue a la ciudad de Samaria y predicó a Cristo. El resultado fue que muchos creyeron en él y fueron bautizados en agua. Muchos que estaban poseídos por espíritus inmundos fueron liberados; muchos paralíticos y cojos fueron sanados (vea Hechos 8:5-8). A pesar de estos milagros, la gente no estaba recibiendo el bautismo en el Espíritu Santo. La Biblia dice: Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la Palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo (Hechos 8:14-17).

El bautismo en El Espíritu Santo , Usted se preguntará: "Pero, ¿hubo señales externas cuando los creyentes de Samaria recibieron el bautismo en el Espíritu Santo?" Si miramos con más profundidad en la Palabra, notaremos que sucedieron algunas cosas poco corrientes en aquel día. Un mago llamado Simón asistió a la gran campaña de salvación y sanidades de Felipe, y se sintió profundamente conmovido al ver revelado el poder de Dios. Aceptó a Jesús como Salvador, e incluso le bautizó. Entonces llegaron Pedro y Juan de Jerusalén, impusieron las manos sobre los creyentes, y éstos recibieron el bautismo en el Espíritu. Ahora Simón estaba tan asombrado por esto, que les ofreció dinero, diciéndoles: "Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo" (v. 19).

El apóstol Pedro lo reprendió duramente cuando trató de comprar el don de Dios con dinero, pero en su conducta hay implícita una lección que no debemos pasar por alto. Simón el mago vio que pasaban todas estas cosas: los que se arrepentían y confesaban sus pecados eran transformados y se sentían llenos de gozo. Los espíritus inmundos salían de muchos dando gritos. Muchos que habían estado afligidos con parálisis o cojera eran sanados por completo. Ninguno de aquellos milagros lo impulsó a tratar de comprar poder por dinero. En cambio, cuando llegaron Pedro y Juan, les impusieron manos a los creyentes y éstos recibieron el bautismo en el Espíritu, fue cuando quiso comprar aquel poder. ¿Por qué? La respuesta es muy sencilla: porque apareció una señal especial en todos aquellos samaritanos que recibían el bautismo en el Espíritu por medio de la imposición de manos de Pedro y de Juan. Si el Espíritu se hubiera manifestado de una manera tranquila y silenciosa, Simón no se habría apresurado a ofrecer dinero. ¿Qué vio aquel mago como consecuencia de la oración de Pedro y Juan? Debe haber visto y oído que aquellos creyentes hablaban en otras lenguas y alababan a Dios. Es la única conclusión a la que podemos llegar, puesto que en la campaña de Felipe se presentaron todas las señales, menos una: la de las lenguas.

No quiero que se me entienda mal. Hablar en lenguas y ser bautizado en el Espíritu no son dos cosas sinonimas. Las lenguas son la evidencia externa de la realidad interna de poder para testificar que se produce en el creyente al ser bautizado en el Espíritu. El caso es que, tanto en los tiempos de los apóstoles como ahora, cada vez que jesús bautiza a alguien en su Espíritu, lo hace acompañándolo de señales externas que tanto quienes han recibido este bautismo, como quienes son espectadores objetivos del suceso, puedan sentir, ver y oír espontáneamente. Entre estas señales, sin excepción, se hallan siempre las lenguas. Está claro que la experiencia pentecostal de Samaria, producida unos ocho años después del primer bautismo en el Espíritu en jerusalén, fue una experiencia acompañada de señales maravillosas.

Pedro descendió a jope y se detuvo allí en casa de Simón el curtidor. Un día, a la hora sexta, subió a la azotea para orar: y tuvo gran hambre, y quiso comer; pero mientras le preparaban algo, le sobrevino un éxtasis; y vio el cielo abierto, y que descendía algo semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra; en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo. Y le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come. Entonces Pedro dijo: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás. Volvió la voz a él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común (Hechos 10:10-15). Esto sucedió tres veces antes que aquel mantel fuera recogido en el cielo. Mientras Pedro meditaba en el posible significado de la visión, tocaron a la puerta los mensajeros enviados por Comelio. Dios le había enviado un ángel al gentil Cornelio en una visión a prepararlo para escuchar la palabra de salvación y gracia. Según las instrucciones que le diera el ángel.

Cuando Pedro escuchó el relato, comprendió la visión que había tenido. judío obstinado, Pedro siempre había considerado contrario a la Ley el andar en compañía de alguien de otra nación, o visitarlo en su casa. Si Dios no le hubiera ordenado claramente que fuera, jamás habría ido a la casa de Cornelio. Dios le había dicho con toda claridad que, puesto que él haría limpios a los gentiles desde ese momento por la fe en Cristo, Pedro no debería llamar impuro lo que Dios había purificado. Así pudo transformar la estrechez de pensamiento de Pedro. De esta forma, Dios abrió un camino, el camino pentecostal, para los gentiles, los que estaban reunidos en la casa del centurión pagano Comelio, a fin de que recibieran la salvación y la plenitud del Espíritu Santo por medio de su fe en Cristo. Observemos cuidadosamente este encuentro en el que el Espíritu Santo descendió sobre los gentiles de la casa de Cornelio.

Pedro les predicó a los que se habían reunido allí. Comenzó con la profecía de Juan el Bautista, después habló del ministerio de jesús, incluyendo su muerte y resurrección, y terminó diciendo: "De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre" (Hechos 10:43). Precisamente mientras él decía aquellas palabras, el Espíritu Santo descendió de pronto sobre todos los que las estaban oyendo. Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios (Hechos 10:44-46).

Tan pronto como aquellas personas oyeron la palabra de verdad, que se obtiene la salvación al creer enJesucristo, creyeron y dijeron un amén al maravilloso poder del Espíritu Santo. ¿Cómo pudieron las otras personas saber que los gentiles de la casa de Cornelio habían recibido el bautismo en el Espíritu, y dar el Espíritu Santo testimonio de ello? Cuando leemos el relato bíblico con imparcialidad y sin prejuicio alguno, la prueba es evidente. A pesar de que en su testarudez los judíos creían que la salvación y la plenitud del Espíritu no eran para los gentiles, la obra de Dios se desarrolló tan maravillosamente, que no la pudieron negar, "porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios" (Hechos 10:46). Observemos de nuevo Hechos 10:45 y 46. En este pasaje, el vocablo griego traducido porque es una conjunción causal que significa "al ver que", o "puesto que". Los judeocristianos circuncisos estaban atónitos "porque al ver que, puesto que los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios". Esto nos indica que los primeros cristianos veían en las lenguas la señal externa y objetiva del bautismo en el Espíritu Santo. El cuarto relato de Hechos sobre el bautismo en el Espíritu tuvo lugar en Éfeso. Habían pasado unos cuarenta años desde el primer derramamiento del Espíritu Santo en el aposento alto de Jerusalén el día de Pentecostés.

Los discípulos, llenos del Espíritu, predicaban ahora el evangelio con fortaleza, revestidos de gran poder de lo alto. Como consecuencia, tenían que soportar numerosas persecuciones y tribulaciones, pero nada podía detenerlos. El evangelio había sacudido a Judea; se había extendido hasta Samaria; ahora avanzaba hacia los confines de la tierra, gracias en gran parte a los esfuerzos del apóstol Pablo. Antes de convertirse en cristiano y apóstol, Pablo, conocido entonces como Saulo, había perseguido a la Iglesia con fiera pasión. Había capturado a los creyentes para arrojarlos en prisión, e incluso algunos habían perdido la vida. Con todo, había una escena que no podía olvidar: el apedreamiento del diácono Esteban. Mientras le lanzaban piedras y lo maltrataban con palabras ofensivas, Esteban no manifestó resistencia ni deseos de venganza. Su rostro brillaba como el de un ángel. Había muerto orando para que Dios perdonara y bendijera a los que lo apedreaban. Saulo no había podido comprender aquella escena. Sin embargo, la persecución de la Iglesia por parte suya, y la El bautismo en el Espíritu Santo  opresión que ejercía sobre los creyentes se volvían cada vez más feroces.

Con una autorización especial del sumo sacerdote de Jerusalén, iba de camino para lanzar el caos sobre la iglesia de Damasco, cuando otra experiencia lo sacudió por completo. Las Escrituras la relatan en detalle. Mientras viajaba hacia Damasco, lo rodeó una luz celestial. Se dice que el sol resplandeciente del mediodía de Damasco es como una lluvia de luz. Sin embargo, la luz que brilló sobre Pablo era más brillante aún, e hizo que quedara ciego y cayera por tierra. Al caer en tierra escuchó la voz de Jesús: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" (Hechos 9:4). Ciego aún, tuvieron que conducirlo a Damasco. Durante tres días ayunó y oró arrepentido. Más tarde, un creyente llamado Ananías oró para que recibiera de nuevo la vista. Pronto, Saulo cambió su nombre por el de Pablo, y cuarenta años después de Pentecostés, fue a Efeso a predicar. Cuando se encontró en aquella ciudad con algunos creyentes, éstos recordaron que había perseguido a la Iglesia y muchos tuvieron miedo de él. Desde el punto de vista espiritual, aquel puñado de creyentes carecían de vida, reducidos a un esqueleto de ritos y formalismo. Hablando de manera figurada, era como si estuvieran a punto de morir.

¿Cuál fue la primera pregunta que les hizo el gran apóstol Pablo?

Es una pregunta a la cual muchas iglesias de hoy, atadas por las ceremonias, el formalismo y las formas de pensamiento centradas en el hombre, debieran prestar atención: "¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?" (Hechos 19:2). Muchos que quieren esconder su falta de poder a base de justificarse con su teología, se hallan muy bien preparados para responder a esta pregunta. Responden de inmediato y con gran facilidad: "Por supuesto que recibimos al Espíritu Santo cuando creímos." Sin embargo, basta mirar la Biblia un poco más de cerca para que se nos revele lo necia que es esta respuesta. Si recibiéramos el bautismo en el Espíritu Santo en el momento de creer, que era a lo que se estaba refiriendo Pablo, ¿por qué se habría tomado el esfuerzode hacerles la pregunta? Recibimos la salvación por medio de la regeneración, al creer en Jesús, y por obra de su Espíritu Santo, pero el creyente nacido de nuevo sólo puede recibir autoridad y poder plenos cuando recibe la plenitud del Espíritu Santo, después de haber creído. Los discípulos de Éfeso deben de haber sido creyentes sinceros.

Cuando el apóstol les hizo la pregunta, no le escondieron nada: "Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo" (Hechos 19:2). lEn qué estado tan lamentable se hallaban, que ni siquiera habían oído decir que existiera el Espíritu Santo! Tan pronto como el apóstol Pablo oyó aquello, les predicó con toda claridad el evangelio de salvación en Jesucristo y los bautizó en agua en el nombre deJesús. ¿Habría bautizado en agua a personas que no hubieran nacido de nuevo? No. Los cristianos de Éfeso eran creyentes genuinos, que habían aceptado a Jesucristo como Salvador, pero Pablo observó que no habían recibido el bautismo en el Espíritu Santo. Después de esto, tuvo una reunión de oración por una razón: para pedir para ellos el bautismo en el Espíritu. ¿Tienen nuestras iglesias de hoy reuniones de oración especiales para recibirlo? Cuando Pablo les impuso manos, el Espíritu Santo descendió sobre ellos. La Biblia describe la escena de esta forma: "habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban" (Hechos 19:6). Resumen ¿No resulta significativo que las lenguas y la profeda se manifestaran inmediatamente después de la venida del Espíritu Santo? No podemos quebrantar las Escrituras, ni tampoco debemos batallar con ellas. Cuando estudiamos las escenas en las que el Espíritu Santo se derramó a principios de la vida de la Iglesia, llenando la vida de los creyentes, sólo podemos encontrar una señal común indiscutible. ¿Cuál es? Vimos que el viento, el fuego y las lenguas estaban presentes en el aposento alto de la madre de Juan Marcos en el día de Pentecostés. Deducimos que estas señales estuvieron presentes en Samaria también. En la casa de Cornelio, los creyentes hablaron en lenguas y alabaron a Dios. Más tarde, en tfeso, hablaron en lenguas y profetizaron. Todos los que observaron estos incidentes El bautismo en el Espíritu Santo  en los que se recibió la plenitud del Espíritu Santo, dirían que los creyentes hablaron en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen. Por supuesto, vuelvo a repetir que hablar en lenguas no es en sí mismo la plenitud del Espíritu, pero tal como lo confirman las Escrituras, las lenguas son la señal externa siempre presente de que una persona ha sido bautizada en el Espíritu Santo.

 

 

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